xoves 23 xuño 2016

ESTE LIBRO TE QUIERE, Pewdiepie

PEWDIEPIE, Este libro te quiere, Malpaso, Barcelona, 2015, 240 páxinas.


[O PEW est]

 Os 160 consellos, convertidos en aforismos ilustrados, do famoso youtuber.


Recé para obtener la belleza... y funcionó.


mércores 22 xuño 2016

JUUL, Gregie de Maeyer & Koen Vanmechelen

GREGIE DE MAEYER & KOEN VANMECHELEN, Juul, Lóguez, Salamanca, 2009 (1996), 32 páginas.

[AI MAE juu]
Yo tenía rizos...
Rizos rojos.
Hilo de cobre.
Eso gritaban los otros:
"¡Hilo de cobre!
¡Tienes mierda en el pelo!
¡Caca roja!
Por eso cogí las tijeras.
Rizo a rizo a rizo, me los corté...


luns 20 xuño 2016

HORA DE LER

HORA DE LER 

35ª SEMANA [5ª SESIÓN]


E despois de 35 semanas aínda seguimos a manter a nosa perplexidade ante unhas edificantes lecturas como as de Etgar Keret ou Frederic Brown.
Ilustración: Pablo Auladell 

venres 17 xuño 2016

BEATUS ILLE, Antonio Muñoz Molina

ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Beatus ille, Seix Barral, Barcelona, 2016, 360 páxinas.

[NC MUÑ bea]


Mixing memory and desire
T. S. Eliot

   Ha cerrado muy despacio la puerta y ha salido con el sigilo de quien a medianoche deja a un enfermo que acaba de dormirse. He escuchado sus pasos lentos por el pasillo, temiendo o deseando que regresara en el último instante para dejar la maleta al pie de la cama y sentarse en ella con un gesto de rendición o fatiga, como si ya volviera del viaje que nunca hasta esta noche ha podido emprender. Al cerrarse la puerta la habitación ha quedado en sombras, y ahora sólo me alumbra el hilo de luz que viene del corredor y se desliza afiladamente hasta los pies de la cama, pero en la ventana hay una noche azul oscura y por sus postigos abiertos viene un aire de noche próxima al verano y cruzada desde muy lejos por las sirenas de los expresos que avanzan bajo la luna por el valle lívido del Guadalquivir y suben las laderas de Mágina camino de la estación donde él, Minaya, la está esperando ahora mismo sin atreverse siquiera a desear que Inés, delgada y sola, con su breve falda rosa y su pelo recogido en una cola de caballo, vaya a surgir en una esquina del andén. Está solo, sentado en un banco, fumando tal vez mientras mira las luces rojas y las vías y los vagones detenidos en el límite de la estación y de la noche. Ahora, cuando se ha cerrado la puerta, puedo, si quiero, imaginarlo todo para mí solo, es decir, para nadie, puedo hundir la cara bajo el embozo que Inés alisó con tan secreta ternura antes de marcharse y así, emboscado en la sombra y en el calor de mi cuerpo bajo las sábanas, puedo imaginar o contar lo que ha sucedido y aun dirigir sus pasos, los de Inés y los suyos, camino del encuentro y del reconocimiento en el andén vacío, como si en este instante los inventara y dibujara su presencia, su deseo y su culpa.
   Cerró la puerta y no se volvió para mirarme, porque yo se lo había prohibido, sólo vi por última vez su delicado cuello blanco y el inicio del pelo y luego oí sus pasos que se amortiguaban al alejarse hacia el final del pasillo, donde se detuvieron. Tal vez dejó en el suelo la maleta y se volvió hacia la puerta que acababa de cerrar, y yo entonces temí y probablemente deseé que no siguiera avanzando, pero en seguida sonaron otra vez los pasos, más lejos, muy hondos ya, en la escalera, y sé que cuando llegó al patio se detuvo de nuevo y alzó los ojos hacia la ventana, pero no quise asomarme, porque ya no era necesario. Basta mi conciencia y la soledad y las palabras que pronuncio en voz baja para guiarla camino de la calle y de la estación donde él no sabe no seguir esperándola. Ya no es preciso escribir para adivinar o inventar las cosas. Él, Minaya, lo ignora, y supongo que alguna vez se rendirá inevitablemente a la superstición de la escritura, porque no conoce el valor del silencio ni de las páginas en blanco. Ahora, mientras espera el tren que al final de esta noche, cuando llegue a Madrid, lo habrá apartado para siempre de Mágina, mira las vías desiertas y las sombras de los olivos más allá de las tapias, pero entre sus ojos y el mundo persiste Inés y la casa donde la conoció, el retrato nupcial de Mariana, el espejo donde se miraba Jacinto Solana mientras escribía un poema lacónicamente titulado Invitación. Como el primer día, cuando apareció en la casa con aquella aciaga melancolía de huésped recién llegado de los peores trenes de la noche, Minaya, en la estación, todavía contempla la fachada blanca desde el otro lado de la fuente, la alta casa medio velada por la bruma del agua que sube y cae sobre la taza de piedra desbordando el brocal y algunas veces llega más alto que las copas redondas de las acacias. Mira la casa y siente tras él otras miradas que van a confluir en ella para dilatar su imagen agregándole la distancia de todos los años transcurridos desde que la levantaron, y ya no sabe si es él mismo quien la está recordando o si ante sus ojos se alza la sedimentada memoria de todos los hombres que la miraron y vivieron en ella desde mucho antes de que naciera él. La percepción indudable, pensará, la amnesia, son dones que sólo poseen del todo los espejos, pero si hubiera un espejo capaz de recordar estaría plantado ante la fachada de esa casa, y sólo él habría percibido la sucesión de lo inmóvil, la fábula encubierta bajo su quietud de balcones cerrados, su persistencia en el tiempo.

mércores 15 xuño 2016

EN EL CORAZÓN DEL MAR, Nathaniel Philbrick

NATHANIEL PHILBRICK, En el del mar, Seix Barral, Barcelona, 2015, 418 páxinas.


[NUC PHI enl]

23 DE FEBRERO DE 1821

   Como una gigantesca ave de rapiña, el barco ballenero remontaba perezosamente la costa occidental de América del Sur, zigzagueando en un mar de aceite lleno de vida. Porque eso era el océano Pacífico en 1821: un vasto campo de depósitos de aceite, depósitos con venas por las que corría sangre caliente, los cachalotes.
   Capturar cachalotes —los cetáceos dentados más grandes del planeta— no era tarea fácil. Seis hombres salían del barco en un bote ligero, se acercaban remando a su presa, la arponaban, luego trataban de darle muerte a lanzazos. El animal, que pesaba unas sesenta toneladas, podía destruir la embarcación de un coletazo, arrojando a los hombres a las frías aguas del océano, con frecuencia lejos del barco.
   Luego venía la prodigiosa tarea de transformar el animal muerto en aceite: arrancarle la grasa, cortarla en pedazos y hervirla para convertirla en el aceite de calidad superior que iluminaba las calles y lubrificaba las máquinas de la era industrial. El hecho de que todo eso se hiciera en el infinito océano Pacífico significaba que los balleneros de comienzos del siglo XIX no eran meros pescadores y trabajadores marítimos, sino también exploradores que se adentraban más y más en una inmensidad apenas explorada y mayor que la suma de todas las masas continentales de la Tierra.
   Durante más de un siglo, el centro de este negocio mundial del aceite se había establecido en una pequeña isla llamada Nantucket, a veinticuatro millas de la costa del sur de Nueva Inglaterra. Una de las paradojas que caracterizaba a los balleneros de Nantucket era que la mayoría de ellos eran cuáqueros, es decir, miembros de una secta religiosa dedicada estoicamente al pacifismo, al menos en lo que se refería a la especie humana. Estas personas, en las que un rígido dominio de sí mismas se sumaba a un sentido cuasi sagrado de su misión, eran lo que Herman Melville llamaría «cuáqueros con ganas».
   Un barco ballenero de Nantucket, el Dauphin, pocos meses después de zarpar para un viaje que debía durar tres años, remontaba la costa de Chile. Aquella mañana de febrero de 1821, el vigía vio algo extraño: una embarcación, pequeñísima para navegar por alta mar, que subía y bajaba al impulso del oleaje. Lleno de curiosidad, el capitán del barco, Zimri Coffin, de treinta y siete años, enfocó al pequeño bote con su catalejo.
   Enseguida vio que se trataba de una ballenera —de dos proas y unos siete u ocho metros de eslora—, pero era una ballenera distinta de todas las que había visto en su vida. Se había elevado la altura de los costados en unos quince centímetros, y llevaba dos palos improvisados que transformaban el bote de remos en una rudimentaria goleta. Era evidente que las velas, que aparecían rígidas a causa de la sal y blanqueadas por el sol, habían tirado de la embarcación a lo largo de muchas, muchas millas. Coffin no vio a nadie junto a la espadilla. Se volvió hacia el timonel del Dauphin y ordenó: «Todo a estribor».
   Bajo la mirada atenta de Coffin, el timonel acercó el barco todo lo que pudo al bote abandonado. Aunque lo sobrepasaron debido al ímpetu que llevaba el Dauphin, en los breves segundos que permanecieron junto al bote pudieron ver un espectáculo que no olvidarían durante el resto de sus vidas.
   Primero vieron huesos —huesos humanos— esparcidos por los bancos remeros y el empanado, como si la ballenera fuese la guarida de una feroz bestia que comiese carne humana. Luego vieron a los dos hombres. Se hallaban acurrucados en extremos opuestos del bote, la piel cubierta de llagas, los ojos desorbitados, las barbas cubiertas de sal y sangraza. Estaban chupando el tuétano de los huesos de sus compañeros muertos.
   En vez de saludar a sus salvadores con una sonrisa de alivio, los supervivientes, que deliraban debido a la sed y el hambre y no podían hablar, parecían molestos, incluso asustados. Agarraban celosamente los huesos astillados y roídos con una intensidad desesperada, casi animal, negándose a soltarlos; parecían perros hambrientos que se encontrasen atrapados en un pozo.
   Después de comer y beber un poco (y una vez que, por fin, soltaron los huesos), uno de los supervivientes se sintió con fuerzas para contar su historia, que hablaba de las peores pesadillas de un pescador de cetáceos: hallarse en un bote lejos de tierra sin nada que comer ni beber y —quizá lo peor de todo— encontrar una ballena con el espíritu de venganza y la astucia de un hombre.