venres, 10 de novembro de 2017
xoves, 9 de novembro de 2017
LA MUJER QUE MIRA A LOS HOMBRES QUE MIRAN A LAS MUJERES, Siri Hustvedt
SIRI HUSTVEDT, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Seix Barral, Barcelona, 2017, 446 páxinas.
[305 HUS muj]
La escritura de Hustvedt está atravesada por la reflexión acerca de la recepción artística, de la actividad literaria y de la autoconciencia; se adentra en el territorio del tiempo, la memoria, la imaginación y el lenguaje; el cuerpo es el locus del yo, pero también un espacio ético y estético desde el que se accede a lo otro. Desde ese lugar, la autora imbrica humanismo y ciencia, y acierta: destaca como divulgadora científica espectacular y emocionante. Describe el suicidio como un drama relacional insoportable, como la reacción desesperada de un yo incapaz de resolver sus problemas de apego y reconocimiento: el hombre anónimo, Virginia Woolf o Pavese mueren por y para el otro, en un último acto comunicativo radical y terrible.
Begoña Méndez, El Cultural, 5 de maio de 2017.
mércores, 8 de novembro de 2017
¿QUÉ LE PASA A NICOLÁS?, Juana Cortés Amunarriz & Raquel Díaz Reguera
JUANA CORTÉS AMUNARRIZ & RAQUEL DÍAZ REGUERA, ¿Qué le pasa a Nicolás?, Nubeocho, Málaga, 2017, 84 páxinas.
[AI COR que]
Un libro ilustrado para reflexionar sobre o acoso na escola.
martes, 7 de novembro de 2017
DEL HECHO AL DICHO, Gregorio Doval
GREGORIO DOVAL, Del hecho al dicho, Ediciones del Prado, Madrid, 1995, 424 páginas.
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Doval recolle arredor de dúas mil quinientas frases feitas, ditos, modismos, locucións, frases célebres e expresiones proverbiais.
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LAS COSAS CLARAS Y EL CHOCOLATE ESPESO
Frase proverbial con que se expresa que es conveniente u obligado llamar a las cosas por su nombre y no utilizar subterfugios, circunloquios o eufemismos, consejo muy en la línea del conocido refrán Al pan, pan; y al vino, vino. Pero ¿de qué proviene concretamente el dicho? Veamos. Cuando el monje español fray Aguilar envió las primeras muestras de cacao a su congregación del Monasterio de Piedra y sus colegas cistercienses y de la rama reformada de la Trapa lo dieron a conocer en toda España, el nuevo producto no gustó, sobre todo por su sabor amargo y acre, lo que limitó su uso al terreno estrictamente medicinal, utilizándose como tonificante. Pero cuando, por una de esas casualidades que producen los grandes avances de la humanidad —y este del chocolate, sin duda, lo es—, a unas monjas del convento de Guajaca se les ocurrió añadir azúcar al preparado original de cacao que tomaban los indígenas americanos, entonces, ese nuevo producto, el chocolate, causó furor, ya de modo irreversible, primero en España y después en toda Europa. En aquellos primeros tiempos “chocolateros”, mientras la Iglesia debatía si esta nueva bebida rompía o no el ayuno pascual, el pueblo consumidor —como siempre, más cercano a la realidad—, debatió largamente sobre cuál era la mejor manera de tomarlo: espeso o claro. Para unos, el chocolate se había de tomar muy puro de cacao, y por tanto preferían el chocolate espeso o socomusco; los otros, se decantaban por consumirlo claro, con poco cacao. Poco a poco, los primeros fueron imponiendo su criterio; de hecho, en Europa se llamó chocolate a la española al espeso y desleído en agua, y a la francesa, al claro y diluido en leche. Conseguido el triunfo definitivo por los partidarios del chocolate espeso e impuesto su consumo generalizado, surgió y se popularizó la frase que aquí se comenta.
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COMO PEDRO POR SU CASA
Con entera libertad o llaneza, sin miramiento alguno. Dícese cuando alguien entra o se mete de este modo en alguna parte, sin título o razón para ello. Esta frase comparativa parece derivar de la expresión más antigua Entrarse como Pedro por Huesca, que hace alusión a la toma de esta ciudad por el rey aragonés Pedro I (h 1068-1104) en 1094. No obstante, el origen de la frase bien podría ser mucho más sencillo y Pedro podría ser solamente un nombre muy corriente elegido casi al azar para significar la irrelevancia del protagonista de este comportamiento.
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DECÍAMOS AYER
Frase ya proverbial con la que se da a entender que no tiene importancia el tiempo transcurrido entre dos hechos o acontecimientos que ha de ser entendido como una leve interrupción. Se trata de una famosa frase pronunciada por Fray Luis de León (1527-1591) al comenzar su lección en su cátedra salmantina después de los cuatro años de encierro que sufrió en los calabozos de la Inquisición de Valladolid, por haber traducido El Cantar de los Cantares directamente del hebreo sin pasar por la Vulgata y sin autorización de sus superiores. El hecho ocurrió el 26 de enero de 1577, cuando Fray Luis de León se hacía cargo de la cátedra de Escritura que le había concedido el claustro de la Universidad de Salamanca, al rechazar él la que anteriormente había ocupado. La primera mención escrita de la frase es tardía, pues se halla en la obra Monasticum augustinianum (Munich, 1623), de Nicolás Crusenio, aunque se considera que debió pervivir en la memoria oral hasta entonces. No obstante, hay dudas sobre la veracidad de la anécdota o al menos sobre la exactitud de la frase, habiendo quien opina que lo que realmente dijo no fue: «Dicebamus hesterna die», “Decíamos ayer”, sino «Dicebamus externa die», es decir, “Decíamos tiempo atrás”. casi al azar para significar la irrelevancia del protagonista de este comportamiento.
Frase proverbial con que se expresa que es conveniente u obligado llamar a las cosas por su nombre y no utilizar subterfugios, circunloquios o eufemismos, consejo muy en la línea del conocido refrán Al pan, pan; y al vino, vino. Pero ¿de qué proviene concretamente el dicho? Veamos. Cuando el monje español fray Aguilar envió las primeras muestras de cacao a su congregación del Monasterio de Piedra y sus colegas cistercienses y de la rama reformada de la Trapa lo dieron a conocer en toda España, el nuevo producto no gustó, sobre todo por su sabor amargo y acre, lo que limitó su uso al terreno estrictamente medicinal, utilizándose como tonificante. Pero cuando, por una de esas casualidades que producen los grandes avances de la humanidad —y este del chocolate, sin duda, lo es—, a unas monjas del convento de Guajaca se les ocurrió añadir azúcar al preparado original de cacao que tomaban los indígenas americanos, entonces, ese nuevo producto, el chocolate, causó furor, ya de modo irreversible, primero en España y después en toda Europa. En aquellos primeros tiempos “chocolateros”, mientras la Iglesia debatía si esta nueva bebida rompía o no el ayuno pascual, el pueblo consumidor —como siempre, más cercano a la realidad—, debatió largamente sobre cuál era la mejor manera de tomarlo: espeso o claro. Para unos, el chocolate se había de tomar muy puro de cacao, y por tanto preferían el chocolate espeso o socomusco; los otros, se decantaban por consumirlo claro, con poco cacao. Poco a poco, los primeros fueron imponiendo su criterio; de hecho, en Europa se llamó chocolate a la española al espeso y desleído en agua, y a la francesa, al claro y diluido en leche. Conseguido el triunfo definitivo por los partidarios del chocolate espeso e impuesto su consumo generalizado, surgió y se popularizó la frase que aquí se comenta.
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COMO PEDRO POR SU CASA
Con entera libertad o llaneza, sin miramiento alguno. Dícese cuando alguien entra o se mete de este modo en alguna parte, sin título o razón para ello. Esta frase comparativa parece derivar de la expresión más antigua Entrarse como Pedro por Huesca, que hace alusión a la toma de esta ciudad por el rey aragonés Pedro I (h 1068-1104) en 1094. No obstante, el origen de la frase bien podría ser mucho más sencillo y Pedro podría ser solamente un nombre muy corriente elegido casi al azar para significar la irrelevancia del protagonista de este comportamiento.
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DECÍAMOS AYER
Frase ya proverbial con la que se da a entender que no tiene importancia el tiempo transcurrido entre dos hechos o acontecimientos que ha de ser entendido como una leve interrupción. Se trata de una famosa frase pronunciada por Fray Luis de León (1527-1591) al comenzar su lección en su cátedra salmantina después de los cuatro años de encierro que sufrió en los calabozos de la Inquisición de Valladolid, por haber traducido El Cantar de los Cantares directamente del hebreo sin pasar por la Vulgata y sin autorización de sus superiores. El hecho ocurrió el 26 de enero de 1577, cuando Fray Luis de León se hacía cargo de la cátedra de Escritura que le había concedido el claustro de la Universidad de Salamanca, al rechazar él la que anteriormente había ocupado. La primera mención escrita de la frase es tardía, pues se halla en la obra Monasticum augustinianum (Munich, 1623), de Nicolás Crusenio, aunque se considera que debió pervivir en la memoria oral hasta entonces. No obstante, hay dudas sobre la veracidad de la anécdota o al menos sobre la exactitud de la frase, habiendo quien opina que lo que realmente dijo no fue: «Dicebamus hesterna die», “Decíamos ayer”, sino «Dicebamus externa die», es decir, “Decíamos tiempo atrás”. casi al azar para significar la irrelevancia del protagonista de este comportamiento.
luns, 6 de novembro de 2017
HORA DE LER
6ª SEMANA [6ª SESIÓN]
A lectura sempre esixe unha interpretación... e moitísimas veces concede un agasallo.
Neste conto de fadas xaponés o no relato de Jordi Sierra (precedido duns fermosos versos de Antonio García Teijeiro) o lector pode atopar unha aprendizaxe que incorporar ao seu proceder. Por iso, tantas veces o lector resulta gratamente sorprendido, tantas veces admirado como o lector perplexo que ten debuxado Stasys Eidrigevicius.
venres, 3 de novembro de 2017
CHOMOLANGMA, Raquel Vázquez
RAQUEL VÁZQUEZ, Chomolangma, La Isla de Siltolá, Sevilla, 2017, 216 páxinas.
[NC VAZ cho]
O bibliotecario sempre sinte ledicia cando rexistra un novo título.
Neste caso a ledicia multiplícase exponencialmente porque esta novela distópica está adicada pola súa autora aos lectores da Biblioteca Sebastián Buedo Jiménez, e, por enriba de todo iso, porque Raquel Vázquez será sempre alumna do Aguiar.
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Progreso. El mejor mundo posible. Tecnología. Democracia de las pantallas. Publicidad hecha a medida. Opciones de negocio inagotables, a través de la identidad, del cuerpo, del nombre. La realidad a tamaño bolsillo. Cualquiera llega a rico, sólo hace falta un mínimo de voluntad e inteligencia. Toda la información del mundo en la mano al instante. La abundancia es para quien la busca. El mundo es líquido pero nosotros nos movemos más rápido. La miseria se elige, nunca ha habido tantas oportunidades. Nos toca elevarnos como el helio. La lluvia no cae dentro de los aerocoches. Nuestra ambición es la de ser réplicas del viento, flexibles como un gas.
Alienación. El mito del fin de la historia como grillete. Violencia. Ilusión de libertad dentro de un píxel. La dignidad a medida de una tarjeta de crédito. Todo es mercancía, todos somos mercancía. El horizonte del mundo es un vertedero tubular en alta resolución. El tablero para tantas vidas, sus piezas intercambiables, insignificantes, ya marcadas. La información se deglute, el conocimiento nunca llega. Sistema sicario que señala como culpables a las víctimas. Nada es sólido, todo tiende a perderse. El capital pesa las oportunidades en gramos que se esnifan o inyectan. Muerte sintetizada en cadenas de montaje. La lluvia es un puñal en la esperanza. Ni siquiera nos dejan volvernos un recuerdo.
xoves, 2 de novembro de 2017
HISTORIA DEL ARTE. RELATOS PARA NIÑOS, Michael Bird
MICHAEL BIRD, Historia del arte. Relatos para niños, Blume, Barcelona, 2016, 336 páginas.
LA NOCHE ESTRELLADA DE VINCENT
[AI BIR his]
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«Esta historia comeza nunha cova, situada en Alemania, fai 40.000 años, e remata a carón dunha farola en Beijing, en 2014». En Parte de la magia (pp. 8-9) Bird reivindica a necesidade do extrañamento que suscita a arte no espectador como un estímulo para desexar seguir dialogando co artista coa finalidade de atoparse a sí mismos.
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LA NOCHE ESTRELLADA DE VINCENT
La enfermera golpea suavemente la puerta y dice:
—Hora de ira dormir, señor Van Gogh.
—Un momento —contesta él—. Estoy terminando una carta para mi hermano. —Y se escuchan las pisadas de la enfermera, que se aleja.
En otra habitación, uno de los pacientes grita y golpea la puerta. El sanatorio mental puede llegar a ser un lugar con mucho ruido, y Vincent van Gogh necesita paz. ¡Paz! Al menos tiene sus pinturas para ocuparse. Y tanto los médicos como las enfermeras son amables. Le animan a que pinte. Van Gogh tiene la sensación de que la pintura es una de las cosas que le ayudarán a mantener la cordura.
Suelta su pluma. ¡Tiene tanto sueño! Hoy se ha despertado antes del amanecer. Salió de la cama y se dirigió hacia la ventana. Allí estaba el ciprés con su enorme sombra, la luna bien alta y el cielo repleto de estrellas. El viento soplaba de las montañas. El ciprés se doblaba a causa del viento, se volvía a enderezar, y volvía a doblarse, como si estuviera vivo. En el cielo flotaban pequeñas nubecillas. ¿Qué le impedía llegar hasta las estrellas? Mientras miraba hacia arriba, Van Gogh se sentía más cerca de las estrellas que de los tablones de madera de su dormitorio. Se sentía más cerca del pasado que del presente. Y abajo... ¿estaba ahí la pequeña iglesia de su vieja casa de los Países Bajos? No, imposible. Estaba en Francia. Esto es hoy y ahora. Las estrellas daban vueltas en su cabeza, como si fueran pensamientos.
—¡Vaya caos he hecho de mi vida! —afirma Van Gogh—. Tengo 36 años, vivo en un sanatorio mental y pinto obras que no quiere nadie. Un lío detrás de otro.
Su primer empleo consistió en trabajar para un marchante de arte, hasta que lo despidieron. A continuación se convirtió en predicador y donó todas sus pertenencias a los pobres. Volvió a ser despedido. Finalmente, hace solo unos cuantos años, se le ocurrió que estaba destinado a ser ¡un artista!
Le preocupaba saber si algún día llegaría a ser un buen pintor. Tenía que aprender tantas cosas. Sin embargo, el mejor lugar para aprender era, sin lugar a dudas, París. ¡Debía ir allí! Para empezar, Van Gogh había pintado en tonos marrones, grises y verde oscuro, como si nunca brillara el sol y nadie se sintiera feliz. En París se dio cuenta de que no podía continuar por ese camino. Los vivos colores impresionistas alegraron su espíritu. Y Seurat: a Van Gogh le encantaban sus pinturas. Los colores provocan sentimientos, de modo que, si ordenaba los colores de un modo determinado, podría causar ciertos sentimientos en las personas: alegría, tranquilidad, esperanza... Estudió con cuidado el método de Seurat.
La emoción de París le resultaba apabullante: conocer artistas, descubrir nuevos tipos de arte, trabajar duro, pasar el rato en las cafeterías. Van Gogh soñaba con el éxito, pero cuando se miraba al espejo, se encontraba con el reflejo de un artista desaliñado y pobre. París no estaba funcionando. Debía continuar su camino.
Van Gogh se sentía fascinado con los grabados japoneses que había visto en las tiendas y las galerías. Los artistas japoneses como Hokusai mostraban escenas cotidianas en tonos vivos y profundos. Si pudiera viajar a Japón! Pero no tenía dinero para hacerlo. El siguiente mejor lugar para ir, decidió Van Gogh, era el sur de Francia. Así pues, en febrero de 1888 tomó el tren hacia Arlés.
Primavera. Verano. En la vieja población de Arlés florecían los huertos de cerezos. Van Gogh dibujaba y pintaba todo el día, en el campo.
Trabajaba con rapidez, no con pequeños toques de color como Seurat, sino de un modo mucho más impulsivo. Era así como se sentía ante los campos de girasoles, con sus largos y fuertes tallos y sus cabezas florales de un ardiente tono amarillo. Sin paciencia, pero ¡increíblemente emocionado! Cuando uno se hallaba frente a frente con un girasol, la intensidad de su amarillo era... ¡Ah! No había palabras para ello, pero él intentaría pintarlo.
En ocasiones Van Gogh echaba de menos la compañía de otros pintores. Invitó a Paul Gauguin, otro artista pobre que había conocido en París, para que se reuniera con él en Arlés. Así pues, arregló su sencilla habitación colgando de las paredes sus pinturas de girasoles para recibir a Gauguin con una fanfarria de amarillos. ¿Y entonces? Ambos artistas trabajarían codo con codo, motivándose mutuamente.
Las cosas funcionaron bien durante un tiempo. Pero Gauguin era un hombre difícil y orgulloso, no el amigo ideal para Van Gogh. Empezaron a entrar en amargas discusiones. Una noche de invierno, tras una pelea especialmente violenta, Van Gogh estaba tan enfadado que se cortó parte de una oreja. «¡Voy a salir de aquí!», pensó Gauguin. Y recogió sus cosas.
Solo de nuevo, Van Gogh tuvo miedo de lo que podría ocurrir. Para estar seguro, solicitó la admisión en un sanatorio mental. Sí, sería lo mejor. Los médicos le echarían un ojo...
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