martes, 21 de novembro de 2017
SON MULLER, Máis boas cas patacas
luns, 20 de novembro de 2017
HORA DE LER
8ª SEMANA [2ª SESIÓN]
Nesta semana, na que os corredores do noso centro estarán ocupados pola cor negra, mesmo a ilustración, coa que convidamos semanalmente a ler, ben podería ser o cadro de Kasimir Malevich.
Con todo, eleximos as cores vivas da ilustración de Malota (Mar Hernández) incluida na novela de Carmen G. de la Cueva, Mamá, quiero ser feminista (Lumen, 2017).
Con todo, eleximos as cores vivas da ilustración de Malota (Mar Hernández) incluida na novela de Carmen G. de la Cueva, Mamá, quiero ser feminista (Lumen, 2017).
As nosas propostas de lectura (María Xosé Queizán, Juan Bonilla, Raúl Ariza, unha antoloxía de microrrelatos contra a violencia de xénero, Paula Carballeira, María Reimóndez, Marica Campo, Berta Dávila ou María Xosé Queizán) contarían coa aprobación da Virginia Woolf.
Sen dúbida!
Sen dúbida!
venres, 17 de novembro de 2017
MAMÁ, QUIERO SER FEMINISTA, Carmen G. de la Cueva
CARMEN G. DE LA CUEVA, Mamá, quiero ser feminista, Lumen, Barcelona, 2017, 2010 páxinas. Ilustración de Malota.
[NC CUE mam]
EL MOMENTO DECISIVO
Nunca olvidaré el día en que me regalaron un pequeño libro que me acompañará siempre: Mujercitas, de Louisa May Alcott. Era una primera edición rústica con ilustraciones publicada el mismo año de mi nacimiento, 1986. Yo tendría unos seis años cuando mi madre me lo trajo y todavía lo conservo lleno de marcas de lápiz vagamente borradas por el tiempo. La historia parecía bien sencilla: la vida de cuatro hermanas en un pueblecito muy parecido al mío. Pero encontrarme con Jo, la segunda de las hermanas March, fue todo un descubrimiento. Entonces era hija única y todas las mujeres que tenía cerca eran mucho mayores que yo.
A medida que iba conociendo a Jo, sentía que era parte de mi familia, una más, una versión de mi yo futuro más rebelde, y que no se sometía tanto al juicio del resto de las mujeres de su entorno. Lo que más llamó mi atención fue que Jo quisiera ser escritora. Yo quería ser escritora pero por entonces solo sabía leer. A mi corta edad, había intentado fallidamente la escritura de algunos poemitas o cuentos, siempre en mi mente, casi nunca llevaba aquellos intentos al papel. De pronto Jo entró cual torbellino en mi cabeza y, como si de una hermana mayor se tratase, comencé a imitarla en todo. Y cuando digo en todo, quiero decir que, en mi cabecita infantil, quise entregarme a la escritura en cuerpo y alma; como ella, quise escribir algunas obritas de teatro para interpretarlas con mis amigas y, sobre todo, quise vestirme de escritora. Parecía lo más sensato. Tomar prestado un delantal del cajón de la cocina de mi casa, uno especialmente bonito, a cuadritos blancos y rojos, y un gorro de lana acabado en una borla que en invierno no soportaba, pero que aquellos días me proporcionaba la seguridad que necesitaba para sentarme a escribir. O, al menos, jugar a hacerlo.
No recuerdo que saliera nada de aquellas tardes en las que me quedaba quieta durante horas en una silla frente a un cuaderno de dos rayas y con Mujercitas lo más cerca posible de mi mano por si la inspiración de Jo para contar historias se me contagiaba. Entonces pensé que quizá no era suficiente con el traje de escritora, que tenía que dar un paso más, un paso definitivo en mi carrera: cortarme la melena. Había leído que Jo, en un acto heroico por ayudar a su madre, vendió sus preciosas trenzas. Y aunque la noche que le cortaron el pelo lloró desconsoladamente porque lo extrañaba, creo que desde ese momento fue mucho más ella misma. Estaba más cerca de lo que siempre quiso: salir a vivir aventuras y no quedarse nunca más en la casa tejiendo como una vieja; hacer las cosas que hacían los chicos.
Una mañana de sábado bien temprano, justo antes de que mi madre se despertara, me levanté de la cama y encaminé mis pasos hacia la peinadora de mi habitación. Me situé frente al espejo y saqué las tijeras de un cajón. Ni poniéndome de puntillas conseguía verme de cuerpo entero. Había llegado el momento decisivo de entregarme de lleno a mi oficio. Me vi allí, en pijama, con las tijeras de plástico en la mano a punto de dar el paso. Y no pude. Corté poco más que un par de mechones y los escondí dentro del libro. Pensé que algún día tendría el valor de mi hermana Jo para cortarme la melena. Sin embargo, tendrían que pasar veinte años para verme así, con el pelo como un chico, como siempre me había imaginado desde que conocí a Jo.
A medida que iba conociendo a Jo, sentía que era parte de mi familia, una más, una versión de mi yo futuro más rebelde, y que no se sometía tanto al juicio del resto de las mujeres de su entorno. Lo que más llamó mi atención fue que Jo quisiera ser escritora. Yo quería ser escritora pero por entonces solo sabía leer. A mi corta edad, había intentado fallidamente la escritura de algunos poemitas o cuentos, siempre en mi mente, casi nunca llevaba aquellos intentos al papel. De pronto Jo entró cual torbellino en mi cabeza y, como si de una hermana mayor se tratase, comencé a imitarla en todo. Y cuando digo en todo, quiero decir que, en mi cabecita infantil, quise entregarme a la escritura en cuerpo y alma; como ella, quise escribir algunas obritas de teatro para interpretarlas con mis amigas y, sobre todo, quise vestirme de escritora. Parecía lo más sensato. Tomar prestado un delantal del cajón de la cocina de mi casa, uno especialmente bonito, a cuadritos blancos y rojos, y un gorro de lana acabado en una borla que en invierno no soportaba, pero que aquellos días me proporcionaba la seguridad que necesitaba para sentarme a escribir. O, al menos, jugar a hacerlo.
No recuerdo que saliera nada de aquellas tardes en las que me quedaba quieta durante horas en una silla frente a un cuaderno de dos rayas y con Mujercitas lo más cerca posible de mi mano por si la inspiración de Jo para contar historias se me contagiaba. Entonces pensé que quizá no era suficiente con el traje de escritora, que tenía que dar un paso más, un paso definitivo en mi carrera: cortarme la melena. Había leído que Jo, en un acto heroico por ayudar a su madre, vendió sus preciosas trenzas. Y aunque la noche que le cortaron el pelo lloró desconsoladamente porque lo extrañaba, creo que desde ese momento fue mucho más ella misma. Estaba más cerca de lo que siempre quiso: salir a vivir aventuras y no quedarse nunca más en la casa tejiendo como una vieja; hacer las cosas que hacían los chicos.
Una mañana de sábado bien temprano, justo antes de que mi madre se despertara, me levanté de la cama y encaminé mis pasos hacia la peinadora de mi habitación. Me situé frente al espejo y saqué las tijeras de un cajón. Ni poniéndome de puntillas conseguía verme de cuerpo entero. Había llegado el momento decisivo de entregarme de lleno a mi oficio. Me vi allí, en pijama, con las tijeras de plástico en la mano a punto de dar el paso. Y no pude. Corté poco más que un par de mechones y los escondí dentro del libro. Pensé que algún día tendría el valor de mi hermana Jo para cortarme la melena. Sin embargo, tendrían que pasar veinte años para verme así, con el pelo como un chico, como siempre me había imaginado desde que conocí a Jo.
xoves, 16 de novembro de 2017
LAS CHICAS SON GUERRERAS, Irene Cívico & Sergio Parra
IRENE CÍVICO & SERGIO PARRA, Las chicas son guerreras, Montena, Barcelona, 2016, 242 páxinas.
**********
«Para las chicas guerreas, el único límite es el cielo». Irene Cívico y Sergio Parra escriben e Nuria Aparicio ilustra estas semblanzas de 26 mulleres modelo tamén para os homes.
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NANCY WAKE
Fecha de nacimiento
30 de agosto de 1912 (Wellington, Nueva Zelanda)
Su mayor logro
Ser la pieza más va1iosa de la Resistencia para
acabar con el régimen nazi.
Su lema
«La libertad es lo único por lo que vale la pena
vivir porque, sin libertad, la vida no tiene sentido.»
Cópiale
No importa el peligro si la causa es justa.
No es de extrañar que Nancy Wake haya pasado a la
historia corno la persona más temida por los nazis, ya que desde muy
jovencita Nancy se caracterizó por ser valiente, decidida y no tener
miedo a nada. Con tan solo 16 años se fugó de casa y viajó hasta
Nueva York, donde se convirtió en periodista de forma autodidacta
porque ¿qué mejor que vivir las noticias en primera persona? Su
trabajo la llevó hasta París, donde ejerció como corresponsal de
la Hearst Corporation, que todavía hoy es una de las corporaciones
de periodismo más importantes. Su trabajo en Hearst fue lo que le
permitió entrevistar a Hitler en 1933 y lo que vio la horrorizó
tanto que se prometió a sí misma que haría lo que estuviera en sus
manos para detener esa locura. Y vaya silo hizo.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial y el
ejército nazi alemán empezó a invadir Francia, Nancy y Henri, el
millonario francés con el que se había casado, en lugar de huir
como hacían todos los que tenían dinero para hacerlo, decidieron
quedarse y unirse a la Resistencia para contener a los nazis.
Como nadie sospechaba de la esposa bonica de un
señor ricachón, Nancy se convirtió en la mensajera oficial de la
Resistencia, llevando mensajes y comida de contrabando a los grupos
resistentes del sur de Francia. Ayudada por una vieja ambulancia,
disfrazada de enfermera, empezó a trasladar a gente a escondidas
hasta España. Enseguida destacó frente a los demás miembros de la
Resistencia por su extraordinaria capacidad para evitar ser atrapada:
siempre que los nazis creían haberla localizado, ella ya se había
esfumado. Para ellos era desesperante; para la Resistencia, su mayor
activo.
Era tan escurridiza y lista que los nazis
empezaron a llamarla el «Ratón Blanco» y pronto se convirtió en
uno de sus objetivos prioritarios. De hecho, los nazis estaban tan
cabreados por que Nancy se les escapara siempre de las manos, que
pusieron precio a su cabeza. Ofrecían 5 millones de francos a
cualquiera que la atrapara, una cifra enorme que la convirtió en la
persona más buscada de la Segunda Guerra Mundial.
Era tan buena haciendo su trabajo que incluso
cuando la detuvieron fue por error: Nancy fue detenida al ser
confundida con otra chica de la Resistencia que había hecho explotar
una bomba. A pesar de que la torturaron durante 4 días, Nancy jamás
soltó información a los nazis y, como si de una película se
tratara, un compañero consiguió liberarla diciendo que esa chica no
era más que su amante. Es inexplicable cómo pudo colar esa trola;
quizá su carisma y naturalidad al enfrentarse a situaciones
complicadas surtieron el efecto deseado, y como ella solía decir:
«Basta con un poco de maquillaje y una copa en la mano». Sus
compañeros de batallas decían que era la chica más femenina del
mundo, pero que en cuanto empezaba la batalla, Nancy era más dura
que 5 marineros juntos.
Su coraje era tan rotundo que, tras unirse a la
Dirección de Operaciones Especiales en Inglaterra, la lanzaron en
paracaídas sobre Francia para que actuara como persona de contacto
entre Londres y los maquis en Francia. Se dedicó a mover armamento,
sabotear las comunicaciones nazis y reclutar nuevos miembros para los
grupos de maquis de la Resistencia (¡se las ingenió para montar un
despliegue paramilitar de 7.500 personas! (¡Todo un ejército!). En
una ocasión, llegó a recorrer 500 kilómetros en bicicleta durante
71 horas, ¡sin parar! cruzando varios puntos de control alemanes sin
ser descubierta, para entregar unos códigos secretos a los aliados.
De todas las hazañas increíbles que Nancy protagonizó durante la
guerra, ella siempre pensó que ese maratón en bici que se pegó fue
su aportación más valiosa a la causa.
Pero no fue esa su aportación más valiosa, sino
la cantidad de vidas que llegó a salvar. Desde abril de 1944 hasta
la liberación total de Francia, sus hombres se enfrentaron a los
alemanes en una lucha sin cuartel en la que murieron más de 1.400
nazis, mientras que Nancy solo perdió a 100 hombres. Ella misma mató
a más de uno con sus propias manos, porque Nancy no tenía miedo a
la muerte. Estaba demasiado ocupada salvando el mundo.
Por supuesto, nuestro ratón blanco sobrevivió a
la guerra y se convirtió en la mujer más condecorada de la Segunda
Guerra Mundial. Pero a Nancy no le podían importar menos los
reconocimientos, así que se vendió todas las medallas y pasó los
últimos años de su vida viviendo del dinero que le habían dado por
ellas. Cuando le preguntaron por qué se había vendido esos
reconocimientos tan importantes, Nancy les dijo que mejor sacar algo
de las medallas en vida, porque, como de todos modos iba a ir al
infierno, allí se hubiesen fundido con el calor.
mércores, 15 de novembro de 2017
TERRAZA, Fran Alonso
FRAN ALONSO, Terraza, Xerais. Vigo, 2017, 78 páxinas.
Cinco adolescentes sentadas
nunha mesa moven os dedos
sobre os móbiles
coma se movesen os fíos
das súas vidas.
Se cadra, a vida e para elas
unha tecla que se pulsa
cun tempo
de permanencia, que
rescinde -aínda que
lles pareza indefinido-,
mentres os gatos desta rúa
lles lamben as mans, infatigables.
Con cada dedo pulsan en voz alta
esa alegría inconsciente,
tan contaxiosa,
daqueles que están a espertar
a unha vida
que os atorda.
A adolescencia debe ser,
en realidade,
unha mensaxe equivocada e
sen destinatario
do futuro que está por vir.
E nunca o porvir foi tan incerto
coma cando pulsas ás cegas
unha tecla tras outra, sen que
a idade che permita
atender demasiado ás teclas
que pulsas.
Apenas falan. Só comentan
as contestacións
do WhatsApp ou un fío parvo
das redes sociais que as fai rir.
Será por iso polo que,
no fondo,
me dan envexa.
Como molaría agora renovar
a vida pulsando algunhas
desas teclas sen destino!
[PG ALO ter]
nunha mesa moven os dedos
sobre os móbiles
coma se movesen os fíos
das súas vidas.
Se cadra, a vida e para elas
unha tecla que se pulsa
cun tempo
de permanencia, que
rescinde -aínda que
lles pareza indefinido-,
mentres os gatos desta rúa
lles lamben as mans, infatigables.
Con cada dedo pulsan en voz alta
esa alegría inconsciente,
tan contaxiosa,
daqueles que están a espertar
a unha vida
que os atorda.
A adolescencia debe ser,
en realidade,
unha mensaxe equivocada e
sen destinatario
do futuro que está por vir.
E nunca o porvir foi tan incerto
coma cando pulsas ás cegas
unha tecla tras outra, sen que
a idade che permita
atender demasiado ás teclas
que pulsas.
Apenas falan. Só comentan
as contestacións
do WhatsApp ou un fío parvo
das redes sociais que as fai rir.
Será por iso polo que,
no fondo,
me dan envexa.
Como molaría agora renovar
a vida pulsando algunhas
desas teclas sen destino!
martes, 14 de novembro de 2017
BECHOS E DEMAIS PARENTES, Gerald Durrell
GERALD DURRELL, Bechos e demais parentes, Sushi, Vigo, 2016, 262 páxinas.
[NUG DUR bec]
Fora un inverno duro, e mesmo cando se supoñía que a primavera ía tomar a remuda...
luns, 13 de novembro de 2017
HORA DE LER
HORA DE LER
7ª SEMANA [1ª SESIÓN]
Levitando...
Como a rapaza da ilustración de Pablo Gallo.
Moi probablemente así queden os lectores dos contos de Anxos Sumai e Carolina Vegas.
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